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sábado, 28 de diciembre de 2013

Un veintisiete de diciembre, un veinticuatro de octubre.

Los nudos en el estómago no me dejan hablar; las lágrimas inundan mis mejillas y labios. Los recuerdos se suceden en infinitos torbellinos que arrasan con mi entereza, porque te veo ante mí, tan niña y frágil como lo has sido siempre, tan inconcebiblemente adulta, que me aterroriza imaginarte en nueve meses más. Dulce pequeña, las transformaciones que la vida trae para ti ahora son inimaginables, pero no puedo sino permanecer acá, junto a ti, en cada paso, cada lágrima, cada risa, como lo he intentado hacer desde que te vi por primera vez.

lunes, 24 de junio de 2013

Vivir el dolor.

Vivimos en la conmoción de los sentidos, repletos de dolor negado, negándonos, siempre evitando la dureza de enfrentar el espejo y descubrir que las heridas que se sufren y duelen son las propias, porque tememos.

Quiero llorar mis penas y sufrir mis dolores, con la misma intensidad que mi cuerpo disfruta del tacto: perdiendo mis sentidos, llegando al límite, serenándome. Llegar a ti, acabarte, revivir.

lunes, 10 de junio de 2013

La Tregua (fragmentos), Mario Benedetti


Domingo 16 de junio
No me besó. Yo tampoco tomé la iniciativa. Su rostro estaba tenso, endurecido. De pronto, sin previo aviso, pareció que se añejaban todos sus resortes, como si hubiera renunciado a una máscara insoportable, y así como estaba, mirando hacia arriba, con la nuca apoyada en la puerta, empezó a llorar. Y no era el famoso llanto de felicidad. Era ese llanto que sobreviene cuando uno se siente opacamente desgraciado. Cuando alguien se siente brillantemente desgraciado, entonces sí vale la pena llorar con acompañamiento de temblores, convulsiones, y, sobre todo, con público. Pero, cuando además de desgraciado, uno se siente opaco, cuando no queda sitio para la rebeldía, el sacrificio o la heroicidad, entonces hay que llorar sin ruido, porque nadie puede ayudar y porque uno tiene conciencia de que eso pasa y al final se retoma el equilibrio, la normalidad. Así era el llanto de ella. En este rubro no me engaña nadie.
«¿Ya pasó todo?», pregunté. «Sí, pasó todo». Era mentira, pero ambos comprendimos que hacía bien en mentir.
Domingo 23 de junio
«La teoría de ella, la gran teoría de su vida, la que la mantiene en vigor es que la felicidad, la verdadera felicidad, es un estado mucho menos angélico y hasta bastante menos agradable de lo que uno tiende siempre a soñar. Ella dice que la gente acaba por lo general sintiéndose desgraciada, nada más que por haber creído que la felicidad era una permanente sensación de indefinible bienestar, de gozoso éxtasis, de festival perpetuo. No, dice ella, la felicidad es bastante menos (o quizá bastante más, pero de todos modos otra cosa) y es seguro que muchos de esos presuntos desgraciados son en realidad felices, pero no se dan cuenta, no lo admiten, porque ellos creen que están muy lejos del máximo bienestar. Es algo semejante a lo que pasa con los desilusionados de la Gruta Azul. La que ellos imaginaron es una gruta de hadas, no sabían bien cómo era, pero sí que era una gruta de hadas, en cambio llegan allí y se encuentran con que todo el milagro consiste en que uno mete las manos en el agua y se las ve levemente azules y luminosas.» Evidentemente, le agrada relatar las reflexiones de su madre. Creo que las dice como una convicción inalcanzable para ella, pero también como una convicción que ella quisiera fervientemente poseer. «Y vos, ¿cómo te sentís?», pregunté, «¿como si te vieras las manos levemente azules y luminosas?» La interrupción la trajo a la tierra, al momento especial que era este hoy. Dijo: «Todavía no las introduje en el agua», pero en seguida se sonrojó.
Domingo 30 de junio
Lo del viernes fue una cosa única, pero torrencial. Pasó todo tan rápido, tan natural, tan felizmente, que no pude tomar ni una sola anotación mental. Cuando se está en el foco mismo de la vida, es imposible reflexionar. Y yo quiero reflexionar, medir lo más aproximadamente posible esta cosa extraña que me está pasando, reconocer mis propias señales, compensar mi falta de juventud con mi exceso de conciencia. Y entre los detalles que quiero verificar está el tono de su voz, los matices de su voz, desde la extrema sinceridad hasta el ingenuo disimulo; está su cuerpo, al que virtualmente no vi, pero pude descubrir, porque preferí pagar deliberadamente ese precio con tal de sentir que se aflojaba la tensión, que sus nervios cedían la plaza a los sentidos; preferí que la oscuridad fuera realmente impenetrable, a prueba de toda rendija iluminada, con tal de que sus estremecimientos de vergüenza, de miedo, qué sé yo, se cambiaran paulatinamente, en otros estremecimientos, más tibios, más normales, más propios de la entrega. Hoy me dijo: «Estoy feliz de que todo haya pasado», y parecía, por el impulso de las palabras, por la luz de los ojos, que se estuviera refiriendo a un examen, a un parto, a un ataque, a cualquier cosa de mayor riesgo y responsabilidad que la simple, corriente, cotidiana operación de acostarse juntos un hombre y su mujer, mucho más simple, corriente y cotidiana que la de acostarse juntos un hombre y una mujer. «Hasta te diría que me siento sin culpa, limpia de pecado». Debo haber hecho un gesto de impaciencia, porque en seguida aclaró: «Yo sé que eso no lo podés entender, que es algo que no cabe en los muchos dedos de frente masculina. Para ustedes hacer el amor es una especie de trámite normal, de obligación casi higiénica, raras veces un asunto de conciencia. Es envidiable cómo pueden separar ese detalle que se llama sexo, de todo lo otro esencial, de todas las otras zonas de la vida. Ustedes mismos inventaron eso de que el sexo lo es todo en la mujer. Lo inventaron y después lo desfiguraron, lo convirtieron en una caricatura de lo que verdaderamente significa. Cuando lo dicen, piensan en la mujer como una gozadora vocacional, impenitente. El sexo es todo en la mujer, es decir la vida entera de la mujer, con sus afeites, con su arte de engañar, con su barniz de cultura, con sus lágrimas listas, con todo su equipo de seducciones para agradar al hombre y convertirlo en el proveedor de su vida sexual, de su exigencia sexual, de su rito sexual.» Estaba entusiasmada y hasta parecía enojada conmigo. Me miraba con una ironía tan segura, que parecía la depositaria de toda la dignidad femenina de este mundo. «¿Y nada de eso es cierto?», pregunté, nada más que para provocarla, porque quedaba muy linda en su actitud agresiva. «Algo de eso es cierto, a veces es cierto. Ya sé que hay mujeres que son eso y nada más. Pero hay otras, la mayoría, que no son eso, y otras más, que aunque lo sean, son además otra cosa, un ser humano complicado, egocéntrico, extremadamente sensible. Quizá sea cierto que el ego femenino sea sinónimo de sexo, pero hay que comprender que la mujer identifica el sexo con la conciencia. Allí puede estar la mayor culpa, la mejor felicidad, el problema más arduo. Para ustedes es tan diferente. Compará, si querés, el caso de una solterona y el de un solterón, que en apariencia podrían tomarse como prójimos afines, como dos frustrados paralelos. ¿Cuáles son las reacciones de una y otro?» Tomó aliento y siguió.
«Mientras la solterona se vuelve malhumorada, cada vez menos femenina, maniática, histérica, incompleta, el solterón en cambio se vuelca hacia el exterior, se hace chispeante, ruidoso, viejo verde. Los dos padecen la soledad, pero para el solterón es sólo un problema de asistencia doméstica, de cama individual; para la solterona, la soledad es un mazazo en la nuca». Fue muy inoportuno de mi parte, pero en ese momento me reí. Ella se frenó en su discurso y me miró con curiosidad. «Me hace gracia oírte defender a las solteronas», dije. «Me gusta y me asombra, además, verte así de preocupada por formular tu teoría. Debés heredarlo de tu madre. Ella tiene su teoría de la felicidad; vos también tenés la tuya, una que quizá podría denominarse "De las vinculaciones entre el sexo y la conciencia en la mujer promedio". Pero ahora decíme, ¿de dónde sacaste que los hombres piensan de ese modo, de que fueron los hombres quienes inventaron esa saludable macana de que el sexo lo es todo en la mujer?» Puso cara de sentir vergüenza, de saberse acorralada: «Yo qué sé. Alguien me lo dijo. Yo no soy una erudita. Pero si no la inventó un hombre, merecería que la hubiera inventado». Ahora sí volvía a reconocerla, en esa salida de chiquilina que se ve descubierta y recurre a una vuelta de aparente ingenuidad sólo para hacerse disculpar. Después de todo, no me importan demasiado sus arranques feministas. En definitiva, todo había sido para explicarme por qué había dejado de sentirse culpable. Bueno, eso era lo importante, que no se creyera culpable, que aflojara la tensión, que se sintiera cómoda en mis brazos. Lo demás es adorno, justificación; puede y no puede estar, a mí me da lo mismo. Si a ella le gusta sentirse justificada, si ella convierte todo esto en un grave problema de conciencia, y quiere hablarlo, quiere que yo me haga cargo, que se lo escuche decir, bueno, entonces que lo diga y se lo escucho. Queda muy linda con los cachetes encendidos por el entusiasmo. Además, no es cierto que para mí no sea esto un asunto de conciencia. No sé en qué día lo escribí, pero estoy seguro de que dejé constancia de mis vacilaciones, y ¿qué es la vacilación sino un rodeo de la conciencia?
Sábado 6 de julio
Desde el dormitorio, ella me llamó. Se había levantado, así, envuelta en la frazada, y estaba junto a la ventana mirando llover. Me acerqué, yo también miré cómo llovía, no dijimos nada por un rato. De pronto tuve conciencia de que ese momento, de que esa rebanada de cotidianidad, era el grado máximo de bienestar, era la Dicha. Nunca había sido tan plenamente feliz como en ese momento, pero tenía la hiriente sensación de que nunca más volvería a serlo, por lo menos en ese grado, con esa intensidad. La cumbre es así, claro que es así. Además estoy seguro de que la cumbre es sólo un segundo, un breve segundo, un destello instantáneo, y no hay derecho a prórrogas. Allá abajo un perro trotaba sin prisa y con bozal, resignado a lo irremediable. De pronto se detuvo y obedeciendo a una rara inspiración levantó una pata, después siguió su trote tan sereno. Realmente, parecía que se había detenido a cerciorarse de que seguía lloviendo. Nos miramos a un tiempo y soltamos la risa. Me figuré que el hechizo se había roto, que la famosa cumbre había pasado... Pero ella estaba conmigo, podía sentirla, palparla, besarla. Podía decir simplemente: «Avellaneda». «Avellaneda» es, además, un mundo de palabras. Estoy aprendiendo a inyectarle cientos de significados y ella también aprende a conocerlos. Es un juego. De mañana digo: «Avellaneda», y significa: «Buenos días». (Hay un «Avellaneda» que es reproche, otro que es aviso, otro más que es disculpa). Pero ella me malentiende a propósito para hacerme rabiar. Cuando pronuncio el «Avellaneda» que significa:
«Hagamos el amor», ella muy ufana contesta: «¿Te parece que me vaya ahora? ¡Es tan temprano!». Oh, los viejos tiempos en que Avellaneda era sólo un apellido, el apellido de la nueva auxiliar (sólo hace cinco meses que anoté: «La chica no parece tener muchas ganas de trabajar, pero al menos entiende lo que uno le explica»), la etiqueta para identificar a aquella personita de frente ancha y boca grande que me miraba con enorme respeto. Ahí está ahora, frente a mí, envuelta en su frazada. No me acuerdo cómo era cuando me parecía insignificante, inhibida, nada más que simpática. Sólo me acuerdo de cómo es ahora: una deliciosa mujercita que me atrae, que me alegra absurdamente el corazón, que me conquista. Parpadeé conscientemente, para que nada estorbara después. Entonces mi mirada la envolvió, mucho mejor que la frazada; en realidad, no era independiente de mi voz, que ya había empezado a decir: «Avellaneda». Y esta vez me entendió perfectamente.
Martes 30 de julio
Yo he cumplido con ellos. Les he dado instrucción, cuidado, cariño. Bueno, quizá en el tercer rubro he sido un poco avaro. Pero es que yo no puedo ser uno de esos tipos que andan siempre con el corazón en la mano. A mí me cuesta ser cariñoso, inclusive en la vida amorosa. Siempre doy menos de lo que tengo. Mi estilo de querer es ése, un poco reticente, reservado el máximo sólo para las grandes ocasiones. Quizá haya una razón y es que tengo la manía de los matices, de las gradaciones. De modo que si siempre estuviera expresando el máximo, ¿qué dejaría para esos momentos (hay cuatro o cinco en cada vida, en cada individuo) en que uno debe apelar al corazón en pleno? También siento un leve resquemor frente a lo cursi, y a mí lo cursi me parece justamente eso: andar siempre con el corazón en la mano. Al que llora todos los días, ¿qué le queda por hacer cuando le toque un gran dolor, un dolor para el cual sean necesarias las máximas defensas? Siempre puede matarse, pero eso, después de todo, no deja de ser una pobre solución. Quiero decir que es más bien imposible vivir en crisis permanente, fabricándose una impresionabilidad que lo sumerja a uno (una especie de baño diario) en pequeñas agonías. Las buenas señoras dicen, con su habitual sentido de la economía psicológica, que no van al cine a ver películas tristes porque «bastante amarga es la vida». Y tienen algo de razón: bastante amarga es la vida como para que, además, nos pongamos plañideros o mimosos o histéricos, sólo porque algo se puso en nuestro camino y no nos deja proseguir nuestra excursión hacia la dicha, que a veces está al lado del desatino.
Domingo 25 de agosto
«Relacionadas con los sentimientos hay una serie de zonas vecinas, afines, fáciles de confundir. El amor, la confianza, la piedad, la camaradería, la ternura; yo no sé nunca en cuál de esas zonas tienen lugar las relaciones de papá y mamá. Es algo muy difícil de definir y no creo que ellos mismos lo hayan definido. En alguna ocasión he rozado el tema en conversaciones con mamá. Ella cree que hay demasiada serenidad en su unión con mi padre, demasiado equilibrio como para que exista efectivamente amor. Esa serenidad, ese equilibrio, a los que también puede llamarse falta de pasión, habrían sido quizá insoportables si ellos hubieran tenido algo que reprocharse. Pero no hay reproches ni motivos de reproches. Se saben buenos, honestos, generosos. Saben también que todo eso, aun siendo tan magnífico como es, no significa todavía el amor, ni significa que se quemen en ese fuego. No se queman, y eso que los une dura más aún». «¿Y qué pasa contigo y conmigo? ¿Nos estamos quemando?», pregunté, pero en ese preciso instante estaba distraída, y su mirada también parecía la de alguien sorprendido por el mundo, por el mero hecho de encontrarse en él.
Martes 27 de agosto
Debe ser magnífico trabajar siempre con caras nuevas, hablar libremente con un tipo que hoy llega, pide un café, y nunca más volverá por aquí. La gente es formidable, entretenida, potencial. Debe ser fabuloso trabajar con la gente en vez de trabajar con números, con libros, con planillas. Aunque yo viajara, aunque me fuera de aquí y tuviera oportunidad de sorprenderme con paisajes, monumentos, caminos, obras de arte, nada me fascinaría tanto como la gente, como ver pasar a la gente y escudriñar sus rosarios, reconocer aquí y allá gestos de felicidad y de amargura, ver cómo se precipitan hacia sus destinos, en insaciada turbulencia, con espléndido apuro, y darme cuenta de cómo avanzan, inconscientes de su brevedad, de su insignificancia, de su vida sin reservas, sin sentirse jamás acorralados, sin admitir que están acorralados.
Jueves 12 de setiembre
Diego es un preocupado y, merced a su influencia, Blanca se está convirtiendo en otra preocupada. Esta noche hablé largamente con ambos. Su preocupación es el país, su propia generación, y, en el fondo de ambas abstracciones, su preocupación se llama Ellos Mismos. Diego quiere hacer algo rebelde, positivo, estimulante, renovador; no sabe bien qué. Hasta ahora lo que siente con la máxima intensidad es un inconformismo agresivo, en el cual falta todavía un poco de coherencia. Le parece funesta la apatía de nuestra gente, su carencia de impulso social, su democrática tolerancia hacia el fraude, su reacción guaranga e inocua ante la mistificación. Le parece espantoso, por ejemplo, que exista un matutino con diecisiete editorialistas que escriben como un hobby, diecisiete rentistas que desde un bungalow de Punta del Este claman contra la horrible plaga del descanso, diecisiete pitucosque usan toda su inteligencia, toda su lucidez, para henchir de habilidosa convicción un tema en que no creen, una diatriba que en el fondo de sí mismos consideran injusta. Le subleva que las izquierdas sobrelleven, sin disimularlo mucho, un fondo de aburguesado acomodo, de rígidos ideales, de módico camanduleo. «¿Usted ve alguna salida?», pregunta y vuelve a preguntar, con franca, provocativa ansiedad. «Lo que es yo, por mi parte, no la veo. Hay gente que entiende lo que está pasando, que cree que es absurdo lo que está pasando, pero se limitan a lamentarlo. Falta pasión, ése es el secreto de este gran globo democrático en que nos hemos convertido. Durante varios lustros hemos sido serenos, objetivos, pero la objetividad es inofensiva, no sirve para cambiar el mundo, ni siquiera para cambiar un país de bolsillo como éste. Hace faltapasión, y pasión gritada, o pensada a los gritos, o escrita a los gritos. Hay que gritarle en el oído a la gente, ya que su aparente sordera es una especie de autodefensa, de cobarde y malsana autodefensa. Hay que lograr que se despierte en los demás la vergüenza de sí mismos, que se sustituya en ellos la autodefensa por el autoasco. El día en que el uruguayo sienta asco de su propia pasividad, ese día se convertirá en algo útil.»
Domingo 15 de setiembre
Ella se ríe. Yo le pregunto: «¿Te das cuenta de lo que significan cincuenta años?», y ella se ríe. Pero quizá en el fondo se dé cuenta de todo y vaya depositando muy diversas cosas en los platillos de la balanza. Sin embargo, es buena y no me dice nada. No menciona que llegará un instante inevitable en que yo la miraré sin sexo, en que su mano en mi mano no será un choque eléctrico, en que yo conservaré por ella el suave cariño que se tiene por las sobrinas, por las hijas de los amigos, por las más remotas actrices de cine, un cariño que es una suerte de decoración mental pero que no puede herir ni ser herido, no puede provocar cicatrices ni apurar el corazón, un cariño manso, apacible, inocuo, que parece un adelanto del monótono amor de Dios. Entonces la miraré y no podré sentir celos, porque habrá pasado la época de las tormentas. Cuando en el cielo despejado de la setentena aparece una nube, ya se sabe que es la nube de la muerte. Ésta debe ser la frase más cursi, más ridícula, que he dejado caer en la libreta. La más verdadera, quizá. ¿Por qué será que lo verdadero es siempre un poco cursi? Los pensamientos sirven para edificar lo digno sin excusa, lo estoico sin claudicación, el equilibrio sin reservas, pero las excusas, las claudicaciones, las reservas, están agazapadas en la realidad, y cuando allí llegamos, nos desarman, nos aflojan. Cuanto más dignos sean los propósitos a cumplir, más ridículos parecen los propósitos incumplidos. La miraré y no podré sentir celos de nadie; sólo celos de mí mismo, celos de este individuo de hoy que siente celos de todos. Salí con Avellaneda y mis cincuenta años, la paseé y los paseé a lo largo de Dieciocho. Quise que me vieran con ella.
Lunes 23 de setiembre
Dios mío. Dios mío. Dios mío. Dios mío. Dios mío. Dios mío. Dios mío.
Viernes 17 de enero
«Murió. Avellaneda murió», porque murió es la palabra, murió es el derrumbe de la vida, murió viene de adentro, trae la verdadera respiración del dolor, murió es la desesperación, la nada frígida y total, el abismo sencillo, el abismo. Entonces, cuando moví los labios para decir «Murió», entonces vi mi inmunda soledad, eso que había quedado de mí, que era bien poco. Con todo el egoísmo de que disponía, pensé en mí mismo, en el remendado ansioso que ahora pasaba a ser. Pero ésa era, a la vez, la forma más generosa de pensar en ella, la más total de imaginarla a ella. Porque hasta el 23 de setiembre, a las tres de la tarde, yo tenía mucho más de Avellaneda que de mí. Ella había empezado a entrar en mí, a convertirse en mí, como un río que se mezcla demasiado con el mar y al fin se vuelve salado como el mar. Por eso, cuando movía los labios y decía: «Murió», me sentía atravesado, despojado, vacío, sin mérito. Alguien había venido y había decretado: «Despójenlo a este tipo de cuatro quintas partes de su ser». Y me habían despojado. Lo peor de todo es que ese saldo que ahora soy, esa quinta parte de mí mismo en que me he convertido, sigue teniendo conciencia, sin embargo, de su poquedad, de su insignificancia. Me ha quedado una quinta parte de mis buenos propósitos, de mis buenos proyectos, de mis buenas intenciones, pero la quinta parte que me ha quedado de mi lucidez alcanza para darme cuenta de que eso no sirve. La cosa se acabó, sencillamente. No quise ir a su casa, no quise verla muerta, porque era una indecorosa desventaja. Que yo la viera y ella no. Que yo la tocara y ella no. Que yo viviera y ella no. Ella es otra cosa, es el último día, allí puedo tratarla de igual a igual. Es ella bajándose del taxi, con el remedio que yo le había comprado, es ella caminando unos pasos y dándose vuelta para dedicarme un gesto. El último, el último, el último gesto. Lloro y me aferro a él. Aquel día escribí que en ese instante tuve la seguridad de que entre ella y yo existía una comunicación. Pero la seguridad existía mientras ella existía. Ahora mis labios se mueven para decir: «Murió. Avellaneda murió», y la seguridad está extenuada, la seguridad es una cosa impúdica, indecorosa, que nada tiene que hacer aquí. Volví a la oficina, claro, a que los comentarios me atravesaran, me pudrieran, me hartaran. «Me dijo la prima que era una gripe vulgar y silvestre, y de repente, ¡páfate!, le falló el corazón». Me integré otra vez en el trabajo, resolví asuntos, evacué consultas, redacté informes. Soy verdaderamente un funcionario ejemplar. A veces se me acercan Muñoz o Robledo o el mismo Santini, y tratan de iniciar una charla evocativa con prolegómenos de este tipo: «Pensar que este trabajo lo hacía Avellaneda», «Mire, jefe, esta anotación es de Avellaneda». Yo entonces desvío los ojos y digo: «Bueno, está bien, hay que seguir viviendo». Los puntos que gané el 23 de setiembre, los he perdido con creces. Sé que murmuran que soy un egoísta, un indiferente, que la desgracia ajena no me roza. No importa que murmuren. Ellos están fuera. Fuera de ese mundo en que estuvimos Avellaneda y yo. Fuera de ese mundo en que ahora estoy yo, solo como un héroe, pero sin ninguna razón para sentir coraje.
Lunes 3 de febrero
Ella me daba la mano y no hacía falta más. Me alcanzaba para sentir que era bien acogido. Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor.
Jueves 13 de febrero
De pronto me di vuelta hacia un costado (en realidad, ella me fue dando vuelta con la excusa de ir colocando alfileres y hacer marcas de tiza) y quedé frente a una fotografía de Avellaneda que no estaba el jueves pasado. El golpe fue demasiado repentino, demasiado brutal. La madre me estaba observando y sus ojos tomaron buena nota de mi pobre estupor. Entonces depositó sobre la mesa los alfileres sobrantes y la tiza, y sonrió tristemente, ya segura, antes de preguntarme: «Usted... ¿es?». Entre la primera y la segunda palabra hubo un espacio en blanco de dos o tres segundos, pero ese silencio bastó para convertir la pregunta en algo transparente. Era obligatorio responder. Y respondí, sin decir palabra; con la cabeza, con los ojos, con todo mi ser dije que sí. La madre de Avellaneda apoyó una mano en mi brazo, en el brazo todavía sin manga que emergía de aquel inhábil proyecto de hilvanes. Después me quitó lentamente el saco, lo depositó sobre el maniquí. Qué bien le quedaba. «Usted quiere saber, ¿verdad?» Yo estaba seguro de que no me miraba con rencor, ni vergüenza, ni nada que no fuera una exhausta, sufrida piedad. «Usted la conoció, usted la quería, y estará atormentado. Yo sé cómo se siente. Siente que su corazón es una cosa enorme que empieza en el estómago y acaba en la garganta. Se siente desgraciado, y feliz de sentirse desgraciado. Yo sé qué horrible es eso». Hablaba como si se hubiera reencontrado con un antiguo confidente, pero también hablaba con algo más que su dolor actual. «Hace veinte años se me murió alguien. Alguien que era todo. Pero no se murió con esta muerte. Simplemente, se fue. Del país, de mi vida, sobre todo de mi vida. Es peor esa muerte, se lo aseguro. Porque fui yo quien pedí que se fuera, y hasta ahora nunca me lo perdoné. Es peor esa muerte, porque una queda aprisionada en el propio pasado, destruida por el propio sacrificio». Se pasó una mano por la nuca y yo pensé que iba a decir: «No sé por qué le cuento a usted estas cosas». Pero en cambio agregó: «Laura era lo último que me quedaba de él. Por eso siento otra vez que el corazón es una cosa enorme que empieza en el estómago y acaba en la garganta. Por eso sé lo que usted está pasando». Acercó una silla y se sentó extenuada. Yo pregunté: «Y ella, ¿qué sabía de eso?». «Nada», dijo. «Laura no sabía absolutamente nada. Yo soy la única dueña de mi historia. Pobre orgullo, ¿verdad?» De pronto me acordé: «¿Y su teoría de la felicidad?». Sonrió, casi indefensa: «¿También le contó eso? Fue una hermosa mentira, un cuento de hadas para que mi hija no perdiera pie, para que mi hija se sintiera vivir. Fue el mejor regalo que le hice. Pobrecita». Lloraba con los ojos en alto, sin pasarse las manos por la cara, lloraba con orgullo. «Pero usted quiere saber», dijo. Entonces me contó los últimos días, las últimas palabras, los últimos momentos de Avellaneda. Pero eso nunca será anotado. Eso es Mío, incorruptiblemente Mío. Eso estará esperándome en la noche, en todas las noches, para cuando yo retome el hilo de mi insomnio, y diga: «Amor».
Domingo 16 de febrero
«Muchas veces pensé que ella no había heredado ni un solo rasgo mío. ¿Usted le encuentra algo?» “Un aire general”, mentí. «Puede ser. Pero en el alma sí era como yo. Mejor dicho, como fui yo. Porque ahora me siento vencido, y cuando uno se deja vencer, se va deformando, se va convirtiendo en una grosera parodia de sí mismo. Mire, esta muerte de mi hija fue una mala jugada. Del destino o del médico, no sé bien. Pero estoy seguro de que fue una mala jugada. Si usted la hubiera conocido, se daría cuenta de lo que quiero decirle». Yo pestañeé unas diez veces seguidas, pero él no ponía atención. «Sólo en una mala jugada se puede liquidar a una muchacha así. Era (¿cómo puedo explicarle?) un ser limpio y a la vez intenso y a la vez pudoroso de su intensidad. Era un encanto. Yo siempre estuve convencido de que no merecía esa hija. La madre sí la merecía, porque Rosa es un carácter, Rosa es capaz de enfrentarse con el mundo. Pero a mí me falta decisión, me falta estar seguro. ¿Usted ha pensado alguna vez en el suicidio? Yo sí. Pero nunca podré. Y eso también es una carencia. Porque yo tengo todo el cuadro mental y moral del suicida, menos la fuerza que se precisa para meterse un tiro en la sien. Tal vez el secreto resida en que mi cerebro tiene algunas necesidades propias del corazón, y mi corazón algunas exquisiteces propias del cerebro».” Otra vez se quedó inmóvil, esta vez con la plancha en alto, mirando la foto. «Fíjese en los ojos. Fíjese cómo siguen mirando, por sobre la costumbre, por sobre su muerte. Si hasta parece que lo miran a usted». La frase quedó sola. Yo quedé sin aliento. Él se quedó sin tema. «Bueno, ya está”, dijo doblando cuidadosamente el pantalón, “es una buena tela peinada. Mire qué bien se plancha».
Domingo 23 de febrero
Hoy, después de cuatro meses, estuve en el apartamento. Abrí el ropero. Estaba su perfume. Eso qué importa. Lo que importa es su ausencia. En algunas ocasiones, no puedo captar los matices que separan la inercia de la desesperación.
Lunes 24 de febrero
Es evidente que Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel. Simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua. Al principio, me resistí a creer que eso pudiera ser la felicidad. Me resistí con todas mis fuerzas, después me di por vencido y lo creí. Pero no era la felicidad, era sólo una tregua. Ahora estoy otra vez metido en mi destino. Y es más oscuro que antes, mucho más.
Martes 25 de febrero
A partir del primero de marzo, no llevaré más esta libreta. El mundo ha perdido su interés. No seré yo quien registre ese hecho. Y hay un solo tema del que podría escribir. Pero no quiero.
Miércoles 26 de febrero
Cómo la necesito. Dios había sido mi más importante carencia. Pero a ella la necesito más que a Dios.

jueves, 6 de junio de 2013

...

Cuando se vuelve necesario "hacer desaparecer" para olvidar. Esconder, ocultar, negar. Y claramente no olvidas, ni superas, sólo suspendes y archivas el dolor, y ni el tiempo logra transmutarlo mientras no lo enfrentes. Pero es difícil, no quiero torturarme más.

miércoles, 16 de enero de 2013

Aún

Canciones van y vienen. Una llave, una traba perdida. Todavía no tengo alguna certeza sobre el camino que debo seguir, ni mi compañía; divago y pienso, trato de escapar, pero regresas a mis pensamientos infinitas veces en un día. Te deseé, llegaste; te volví a desear, pero temo que vuelvas. Estoy confundida, siento que nuestras piezas no encajan, pero luego vengo a interrogarme sobre qué tan necesaria es la congruencia. Pero, te escapas, una y mil veces. Eres cobarde. Hay una conversación pendiente, pero no se puede obligar a nadie a enfrentar su miedo, sin embargo me cuesta romper unilateralmente las cuerdas.

martes, 15 de enero de 2013

El resumen que se volvió adiós.

No puedo dejar que comience un nuevo año sin escribirte y decantar así todo lo que ha pasado. Es extraño, fue un año muy extraño, repleto de momentos difíciles y de vueltas que finalmente me hacen decir hoy que "estoy bien".

Si no hubieras llegado, difícilmente hoy mi balance sería el mismo. Sabes perfectamente que significaste mucho, un mundo nuevo por conocer y una infinidad de nuevas posibilidades; rompiste esquemas en mi vida y me hiciste enfrentar temores. Fuiste el elemento que condensó todo mi proceso de crecimiento, y hoy cuesta no decir gracias, por las caricias, por los besos, por las risas, por las discusiones, por las lágrimas. Gracias por invitarme a creer, por invitarme a ver que es posible ser algo más que un Yo: ser un Nosotros.

Quizás por eso duele tanto el fracaso, al sentir que los proyectos y las esperanzas se vuelven arena en las manos. Creo que la frustración siempre permanece y el tiempo la hace llevadera, por eso hoy trato de hacer llevadera mi frustración.

Aún me duele, eres como un sueño truncado. Sin embargo, es extraño, porque cuando ahora te veo, no veo lo mismo; tu máscara me impide verte como antes y siento que esto se lo escribo a otro, no con quien estuve ayer, sino el que estuvo conmigo sufriendo y llorando en el sillón de mi casa, o en una banca de ese parque.

Y mi propia máscara no muestra que a veces quisiera que fuera todo como antes, porque yo creía en nosotros, creía en el mundo que podíamos construir juntos. Y así, desde ti, hoy no veo más que "acompañantes" en el mundo, queriendo un "compañero".

Entonces, te vuelvo a dar las gracias, "muchas gracias, fui feliz", muy feliz contigo; y hoy no me quejo, la vida me ha hecho un ser profundamente conciente de que el fracaso nos fortalece, y tú fuiste la causa y la razón de mucho de lo que hoy soy.

Te quiero.

01/01/2013
14:05

domingo, 30 de septiembre de 2012

El tiempo dirá.

He evitado por todos los medios posibles dar rienda suelta a estas líneas; tengo la extraña creencia de que aquello que se verbaliza se vuelve cierto, por lo mismo moderaré inagotablemente mis tendencias fatalistas.

Siento los dos extremos, uno albergando la soledad, el otro con una esperanza que, sin querer, cada minuto me parece más vana e irreal. Lo único que quiero es dejar de pensar y esto será el último escrito al respecto: no puedo echar mi mente a correr, esa es claramente la sentencia de muerte (y suicidio).

La lejanía de tus manos me confunde, me hace replantearme aquello que yo aclaré conmigo misma. Las cartas están puestas sobre la mesa y yo las veo, las acepto, las tolero... luego, vuelvo a esperar un par de As.

Si es cierto que llegará un momento en que haya que poner la mente en frío y decidir. Tal vez sea mañana, tal vez un año o más; mientras tanto me pregunto si será hoy, si debo hacerlo hoy.

Es evidente como la regla va creciendo a ratos, pero ciertamente es lo mejor y más sano. Y aunque lo sepa, me encantaría que fuera distinto.

Ayer lo noté bien, dudo que haya sido sólo el efecto del verde... fue todo. La situación, la conversación, el pasado, el futuro, incluso las sumas y restas.

Debo arrancarme la esperanza, esa es la única conclusión, aunque sin quedar vacía; debo cumplirme las promesas, dejar de ser palabras afuera, porque, aunque a veces fallen las fuerzas, son los propósitos los que nos mantienen en pie.

Mi propósito es la serenidad, la paciencia, la calma; todo aquello que siempre me ha faltado a pesar de mi comprensividad. Tal vez sea este mi desafío, pero no lo debo saber, ya no debo querer saber.

El día a día es lo único que debe ocuparnos, lo demás, el tiempo dirá.

jueves, 26 de abril de 2012

El balance

El buen-ánimo no abunda por estos días, la cama se ha vuelto mi permanente compañera y la frustración se agolpa en mis ojos, tratando de salir. El mes pasa, las heridas no sanan. Creo que nunca había escrito tan literalmente; siempre toda vivencia la he vinculado al cuerpo, hoy mi problema es él.

Es temporal, lo sé, pero ¿qué tanto? ¿cuánto tiempo más?

jueves, 1 de diciembre de 2011

Octubre

Hay días en que te extraño más, te veo en las micros y calles de mi vida, aún con tu risa irónica y realismo material absoluto. Te veo pasar y abrazarme fuerte y rudo, tal como eres.

Pero no estás. Ni en mis pasajes, ni recurrencias. Y luego me pregunto por qué es para ti esto, habiéndote llevado algo más rígido contigo, y ahí recuerdo lo increíble que puede ser la decepción, la incomensurabilidad de su impacto, peor que el engaño o el odio. Duele...

miércoles, 12 de octubre de 2011

Octubre

Ya ha quedado obsoleto todo aquello redactado camino a la profesión; escucho las mismas melodías y ya no causan los estragos de antaño, es algo menos leve que un recuerdo, sin embargo pobre para tanta grandiosidad que fue.

No eres el único que se cruza vívidamente cada día, son varios más que se colan por las rendijas de mis párpados. Pérdidas abruptas que van nutriendo la nostalgia y la decepción. Pauperización de lo cordial, la desechabilidad de la alegría y felicidad.

Me fui y te vas, más viceversa de lo que parece, la poesía lo prefiere así, aunque a algunos les parezca absurdo. He perdido todas mis ideas y certezas, ahora sólo divago tratando de encontrar las explicaciones, la Verdad; sí, es más fácil vivir así, sin cuestiones.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Elegí rutina.


Aún las páginas de mis libros se encuentran varadas, amontonadas sobre un escritorio repleto de polvo. 4 meses: eternos y cortos, rebosantes de anhelos, luchas y realidades; sin embargo ya no son suficientes, ya nada lo es. Cada segundo se vuelve uno más de una suma interminable, cuya muralla se vislumbra más allá del horizonte... o a la vuelta de la esquina.

Tiempo aprovechado, muerto, compartido, disfrutado, desesperanzado. Bocas rotas y dolorosas, ánimos exorbitantes, agotamiento, búsquedas inagotables, vaivenes acostumbrados pero que sobrepasaron la paciencia.

Lugares desconocidos, al otro lado del mar, fueron mi escape, mi excusa. Hoy lo es la hora después de mi casa, el dinero y la familia. Algo de cierto tienen, son mi necesaria rutinización.

miércoles, 2 de junio de 2010

La madrugada de la búsqueda

Una necesidad de ser oído, de ser visto, de ser sentido. Quizás la sola necesidad de gritar, de decir, de expresar. Las vueltas del reloj sólo reafirman el hecho de que sólo la angustia es el valor de cambio, el precio a pagar. No duermo, no sueño, no vivo si no me pregunto por qué duermo, por qué sueño, por qué vivo. Polainas, oí. Vivir y dejar vivir, vivir y no sentir, es para mí. Los pecesitos dan vueltas, rememorando los últimos tres segundos de su vida, a cada paso deben darle un nuevo sentido a la vida, sentido que han de perder tres segundos después, sentido que han de buscar y luego volver a perder. A veces deseable, otras odiable. Es el tiempo también el que hace odiar aquello que se deseó, o desear lo que se odió. La búsqueda del sentido es una constante, la única búsqueda que siempre ha de seguir. Igual me perdí. Hoy veo personas pasar y me pregunto como sería si no fuera así. No quisiera estar así, ni tampoco como fuí. Hay algo al final de este pasillo a ratos oscuro. No conozco la dirección, la voy tanteando en el camino. A veces encuentro el sentido, a veces me pierdo otra vez. Pero vale la pena seguir caminando.

sábado, 20 de marzo de 2010

Callada

A todos les gusta lo que digo, lo que escribo, lo que pienso, pero nadie se cuestiona de donde salen tan efusivamente las palabras. Muchas veces callo todo esto y olvido que el corazón no es sólo para sentir, también para decir. Estoy tratando de armar un rompecabezas, uno donde yo soy la partida, la rota, la dañada.

Hay tanta nostalgia, tanta angustia, tanta pena; ayer no sabía de donde venía, hoy tampoco.

Estoy cansada, quisiera correr un rato y tirarme en el pasto, sentir manos acariciando mi cabeza y saber que no estoy sola, pero no hay razón para que eso me haga olvidar que en esto lo estoy. Nada de lo que haga cambiará las cosas... el tiempo pasa mientras y va desarmando aquello que me ha sostenido en pie toda mi vida.

Asdfg. Qué hacer si el otoño ya llegó, la vida cambió y 25 años matan el amor.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

La existencia y el Fin de año

Son escapes, momentos. Hueón hay que decirlo: estoy cansada. Mucho más de lo que me agrada y de lo que soporto... a ratos incluso floto entre la gente y sobro. Tampoco es esa sobra de que no sirve, sino que no encaja en nada.

Me carga agobiarme con hueás, pero me carga más agobiar a las personas con esas hueás. Es mejor salir. Quizás ocultarse unos días, y que importa qué días sean o cuántos sean, sólo hay que hacerlo.

Mi emocionalidad está vacía, paff. Ya lo sabía, aunque no lo había pensado de ese modo; sólo que siempre he tendido a la racionalidad, la lógica y a ocultar la emocionalidad, quizás por eso escribo aunque la mayoría de las veces pienso mucho más de lo que escribo.

Y lo más mierda de todo es que me agarró fin de año con mi típica crisis existencialista, de esas que te dan cuanto te sientes carente, desorientada, sola, olvidada, perdida... y más de otros adjetivos que a ratos suenan medios cursis, sufridos y patéticos.

Y está todo terriblemente arrejuntado, como si todos se hubieran puesto de acuerdo para estresarme (?) aunque obviamente no es así... WEÓN nunca tan ególatra. Hasta la dictadura del proletariado me tiene la mente colapsada y claaaaro! esa era la palabra que no encontraba... COLAPSO D: suena como a MUERTE, pero nooo, sólo es un proceso, otro más.

Quizás mi forma de ser me enseñó a vivir esto así, aunque no niego que lo insoportable no lo puedo ni controlar ni aguantar, menos los cambios de ánimo bruscos. Mientras prefiero enclaustrarme, aunque me da una lata tremenda porque mis viejos deberán aguantarme, aunque quizás me aguante yo sola, en volá sólo leeré.

Me dedicaré a trabajar en mí, mis emociones y volás... aunque me pregunto si sea coherente esconderme para ordenarlas (?) Asdf, veremos.